miércoles, 27 de julio de 2011

Un negocio familiar




Llevo semanas escuchando un grandísimo disco: Alela Diane & Wild Divine. No me canso de escucharlo.




Así como descripción de estilo podríamos decir que es un disco de folk-rock o americana, si me apuras.




Alela Diane es una folkie de Nevada que ha sacado varios discos de folk clásico, baladas preciosas, acústica agradable, letras con profundo sentido, y reverencia por la tradición folk.




Su anterior disco ya dejaba entrever que quería progresar y no quedarse en "chica-que-canta-con-guitarra", y con banda propuso To be still.




Pero ahora ha formado una banda estable y lo ha hecho con su marido y con su padre. A mí esto me ha encadilado ya para toda la vida, y aunque cantara habaneras, me seguiría pareciendo genial. Es divertidísimo verles en directo, en el momento de presentar a la banda, Alela dice "a la guitarra mi marido Tom Bevitori", "a la guitarra solista mi papá, Tom"




La gracia está en que sobre todo es un discazo.




Una mirada integral hacia la raíz de uno, pero no siendo inmovilista, poniendo la vista en la copa del árbol.




El disco está plagado de canciones-himno, medios tiempos para alegrar la vida, y letras narrativas que esconden un largo trabajo. Un largo trabajo tras un año de matrimonio, en el que las canciones han ido surgiendo, como ella misma cuenta, "mientras hacíamos las tareas del hogar".


Me parece delicioso. ¿Te imaginas? Mientras uno va haciendo la tortilla y otro pone la mesa...










miércoles, 20 de julio de 2011

La casa de uno

Uno se encuentra en Italia como en casa, porque Italia es la casa de uno, sean cuales sean sus orígenes o su radicación.

La frase es de Félix Luna, y me retrato en ella

martes, 12 de julio de 2011

Ese día me acordé de los que no estaban allí

Hace un año que la selección ganó el mundial. Algo impensable para mí desde que tuve uso de razón y desde que tuve conciencia de lo divertido que es el fútbol allá en la calle del barrio con más madrileños del mundo, Carabanchel.


Responde Garci en un artículo en ABC a las sensaciones que tuve ese día, esa "Noche de Reyes", en la que inevitablemente me acordé "de los que me hicieron amar el fútbol y ya no estaban allí".


Y descubro que es una sensación compartida, como demostró Vázquez Sallés en un excelente artículo sobre su padre y la final de la copa de Europa del Barça.
Garci tiene esa especial forma de disfrutar de la vida, y además, contarlo bien. Y tiene un final de aplauso



Recuerdos de futuro. José Luis Garci
Cuando Andrés Iniesta marcó agonizando la prórroga, y mientras el tornado del gol conmocionaba mi barrio y entraba por el ventanal abierto del salón, de repente me acordé, aquella Noche de Reyes, de todos los que me hicieron amar el fútbol y que ya no estaban aquí. Durante la repetición televisiva del derechazo de Iniesta, reviví los libros de Pedro Escartín —mi favorito, «Lo del Brasil fue así»—, y las crónicas de Lorenzo López Sancho, Jaime Campmany y Antonio Valencia —especialmente, las que recogió en «Sucedió en Suiza»—; los artículos de «Gilera» y «Cronos»; los apasionados textos de Manolo Sarmiento Birba y «Belarmo» , los reposados renglones de Rafael Marichalar, «Rienzi» y «Fielpeña»; las narraciones a pie de campo, micrófono en mano, sentado en una silla de tijera, a un metro escaso de la línea de cal de la banda, del gran Matías Prats («… Luisito Suárez avanza desde la posición teórica del medio volante izquierdo…»); los estimulantes comentarios radiofónicos de Rafael Barbosa y «Quilates», de «Doña Merenguitos» y «Don Tremebundo»…

Y un minuto antes del pitido final, me acordé de Luis Aragonés, el primero que
optó por la excelencia sobre la fisicidad, la calidad por delante de la envergadura, la clase antes que la estatura; y luego miré a Del Bosque, en pie junto al banquillo, más personaje fordiano que nunca, el hombre tranquilo, responsable de haber instalado definitivamente el sosiego en nuestra Selección. El sosiego, la serenidad, un estilo, por fin, que nos ha llegado vía nada menos que de Cervantes y Velázquez. Ambos, Aragonés y Del Bosque, ya termina el partido, tienen el mérito de haber preferido el fútbol romántico al profano, una idea tan renovadora como, en su tiempo, fueron la W-M o el 4-2-4.

También me acordé de mi padre, de su mano fuerte y suave, que siempre olía a Floyd, la que me llevaba de niño a Chamartín y al Metropolitano, a Vallecas y el campo del Plus Ultra, allá en Arturo Soria. Mi padre, al que jamás vi chillar a ningún jugador, insultar a ningún árbitro; mi padre, que apenas gritaba al anotar Cholo Dindurra o cuando Quini cabeceaba a la red; sonreía, eso sí. Mi padre, que admiraba a Eduardo Teus y a Melcón.



Pero lo más curioso de aquella noche de los gigantes, la noche más hermosa, vino cuando Casillas recibía la Copa y yo apuraba mi dry martini. De improviso, una flecha
de nostalgia me atravesó el corazón al recordar otro domingo de verano, de 2014,
en Río de Janeiro, cuando España ganó su segundo Mundial y nuestros jugadores,
casi los mismos de Johannesburgo, saltaban y se abrazaban, como ahora, aunque
esta vez sobre la sagrada yerba de Maracaná.