jueves, 21 de junio de 2018

Aunque tú me sigas reclamando


En la sección de ensayo de las librerías estamos asistiendo a un tema recurrente. Es uno de los grandes hits de la historia del pensamiento: el tiempo. Que si las horas son minutos y los minutos segundos, que si podemos sacar el pie de ese río donde no lo vamos a volver a meter, que se nos escapa de las manos como arena…

Nos podemos hacer acompañar de Byung-Chul Han y El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse (Herder), con esa intuición tan certera de no creer que la crisis temporal de hoy pasa por la aceleración, sino que «la crisis de hoy remite a la disincronía, […] a la percepción de que el tiempo va a tumbos, a la atomización del tiempo». De este modo, uno mismo se convierte en algo pasajero y nos hace buscar desesperadas vías de salida, como la absolutización de la vida activa.

Y en este paso nos encontramos con qué hacer con la espera, con los intermedios, con las transiciones. Nos encantaría decir como el poeta Luis Rosales eso de «¿en qué consiste la plenitud? / Si llega tarde a la cita, / la espera forma parte / de la alegría», pero no siempre nos sale. La alemana Andrea Köhler quiere hacernos ver que la espera es, seguramente, la más fundamental de las vivencias humanas, y lo hace magistralmente con su El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera (Libros del Asteroide). Hace un recorrido por distintas obras del pensamiento y la literatura occidental, con interesantísimas catas como las páginas dedicadas a la enfermedad que hace particularmente dura la espera («Si hubiera un ángel de la espera, ese sería el anestesista. Y cuando el narcótico os lanza al olvido, la espera se desplaza hacia los otros»), o aquellas dedicadas a la inmediatez y a la exigencia de la misma que nos ha provocado la comunicación online, y todos esos reproches por no contestar el WhatsApp al momento.

Pero este tiempo regalado tiene otro regalo con un epílogo de Gregorio Luri que pide a gritos un libro propio. Son unas pinceladas en las que directamente alude a la muerte como clave para entender la vida: el hombre consciente de que está vivo, porque ha sido tocado por la muerte.

De la manera como describe tan bellamente Rocío Solís en sus versos: «Yo porque tengo fin, yo porque cambio, / porque me martirizo con tus agujas, / por eso siento, por eso puedo mirar, / aunque tú me sigas reclamando».

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martes, 10 de abril de 2018

Estampas castellanas

Calzadilla de la Cueza


Una pila bautismal floreada. Bellísimo signo pascual


Un detalle de la Virgen del retablo. El Niño tiene un pelícano en su cabeza.
El pelícano es el animal que muere para dar de comer a sus crías.
La advocación de la Virgen es Santa María de las Tiendas


Los nombres de las peñas de las fiestas de los pueblos castellanos
¿serán patrimonio cultural inmaterial?

martes, 3 de abril de 2018

Y compañía

Este artículo lo publiqué en Alfa y Omega y pusieron como título "El verdadero secreto de la felicidad", no sé muy bien por qué. El título que yo había elegido era "Y compañía", porque soy un convencido de que es la compañía de los otros la que nos constituye. Así que, pensandolo bien igual tenían razón al titular así...

Creo que no traiciono la confianza de un buen amigo divulgando un mensaje que me envió por WhatsApp: «El verdadero secreto de la felicidad reside en sentir un interés genuino por los pequeños detalles de la vida cotidiana». La cita es de Morris, y precisamente este amigo me venía a recomendar una exposición que ha organizado la Fundación March sobre este artista inglés (William Morris y compañía: el movimiento Arts and Crafts en Gran Bretaña, hasta el 21 de enero). Hay que hacer caso a los amigos, sobre todo si dos o más coinciden porque, poco después, otra amiga venía muy impresionada tras una visita guiada a la exposición.

Morris defendió a ultranza la idea del «disfrute en el trabajo», expresión que era sinónimo del arte. Provocado por las enormes injusticias en la Inglaterra de su época, intentó cambiar esa situación oscura con una gran pasión en forma artística («todo lo que hace, lo hace de forma espléndida» diría de él un amigo) y política.

Al salir de la exposición me pregunté si esa mirada novedosa sobre la ficticia separación entre el homo faber y el homo ludens en la que quizá una moderna antropología nos ha envuelto, es insalvable. La intuición de William Morris parece entonces poder conciliar esa confrontación producida por la revolución industrial: el artista miraba con recelo al empresario: «¡fariseo, traidor!», le gritaría. Y el empresario igualmente al artista: «¡inútil!».

Y entonces han venido en mi ayuda dos testimonios biográficos. El primero es la biografía del editor Max Perkins, que fue el descubridor de talentos como Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald o Thomas Wolfe. Rialp ha tenido el acierto de publicarlo en España. La figura del editor como artesano, que muestra ese interés genuino por los detalles y una sensibilidad dispuesta a dejarse herir por la belleza.

Después eché mano del compendio epistolar de Italo Calvino como editor de la prestigiosa editorial italiana Einaudi, que Siruela publicó con el título Los libros de los otros. La labor de Calvino consistía en la lectura de miles de manuscritos de autores y la decisión de proponer o no su publicación, todo ello con una honestidad asombrosa, como se puede comprobar en las cartas en las que supera la simple información al interesado sobre el resultado de su deliberación, sino que explica, movido por lo que Benedicto XVI llamaría años después caridad intelectual, sus decisiones. De este modo, y ahora acompañado por Morris, Perkins y Calvino, pero sobre todo por amigos, me planteo el reto de renovar la mirada de lo cotidiano.

viernes, 23 de marzo de 2018

El precio de eliminar el padecimiento de la espera

Llevo muchos subrayados de El tiempo regalado de Andre Köhler (libros del Asteroide).
Pero uno me gusta especialmente, sobre todo hoy al recibir una recriminación por guasap de un amigo por haber tardado en responder.

Con la aceleración del sistema de comunicaciones, el pulso de nuestros intercambios personales se va acercando a la frecuencia del tiro de bala del tráfico online, convirtiéndose prácticamente en simultáneo. Sin embargo, la aceleración de la comunicación no nos ha librado de los padecimientos de la espera. Al contrario, al sincronizarse la expectativa y la velocidad de su cumplimiento, la impaciencia parece haber aumentado. 
Es que ya estamos más cerca de lo oral, pero educados en lo escrito. Estamos más cerca de "una presencia inmediata", pero también perdemos ese lapso de tiempo hacía imaginarse al receptor mientras leía, y eso "abría varias vías". 


jueves, 30 de noviembre de 2017

La última vez que fuimos de la mano

Hace apenas unas semanas compartimos con otras familias de la diócesis de Getafe dos etapas más del Camino de Santiago, que comenzamos allá por el 2014 y que tendrá como meta la ciudad del apóstol en 2021. Dos fines de semana al año completamos dos etapas en un grupo que esta última vez (desde Hornillos hasta Frómista) sumábamos casi 270 personas, la mayoría niños.

Esta experiencia supone un gran regalo. Primero porque es una vivencia directa de Iglesia. Además, participar de un proyecto a largo plazo, supone un especial atisbo de inconformismo que nos viene de maravilla en esta época de materialismo e inmediatez que nos rodea.

También es emocionante ver cómo los hijos aguantan largas marchas (subimos con holgura la famosa cuesta al salir de Castrojeriz, que tiene una pendiente de más del 14 % durante un kilómetro), participan con emoción en las Eucaristías, cantan, ríen, y… también muestran sus debilidades.

Nos faltaban apenas unos kilómetros para llegar a Frómista. Desde lejos veo a uno de los míos, ya con la edad de uso de razón cumplida, flaquear un poco. Me pongo a su lado y, como he hecho otras veces en anteriores etapas, le cojo de la mano para tirar un poco de él. Retiró la mano sutilmente, nos miramos, y nos sonreímos. «¿Te da un poco de vergüenza ir con tu padre de la mano?». «Sí». Y de nuevo, una gran sonrisa. Yo, un nudo en la garganta. Sabía que estaba asistiendo a una manifestación de cambio.

Recordé unas palabras de Mauro Giuseppe Lepori en Jesús también estaba invitado. Conversaciones sobre la vocación familiar (Ediciones Encuentro) donde lo explica precioso. Cada etapa de crecimiento de un hijo provoca una aplicación de tiempo, energía, paz y alegría. Porque supone un modo distinto de acoger a un hijo, ya que esta potente palabra, acoger, no solo es para cuando un hijo llega.

Para Lepori, abad general de la Orden del Císter, acogida es reconocer al otro que recibo, no es crear la vida, e implica por tanto el hecho de que el otro es un don, es siempre un don, y «relacionarse con otra persona, aunque sea nuestro hijo, sin la conciencia de que es un don, falsea la relación con esa persona […]. Es necesario encontrar en el tiempo el origen gratuito de nuestra vida y de la vida de todos».

Y ahora, ya sin ir de la mano, seguimos caminando juntos hacia la meta.

Publicado en Alfa y Omega

martes, 14 de noviembre de 2017

Ojos que no ven. Cautivos de falacias

En la famosa (y tristemente profética) distopía imaginada por Orwell en 1984, una de las claves está en lo que llamó neolingua, una modificación de los significados y significantes para alterar el pasado y el recuerdo, para evitar toda comparación del presente con el pasado, y para salvaguardar la infalibilidad del que tiene la posición dominante. José Luis Gutiérrez en Objeciones y convergencias con la Doctrina Social de la Iglesia (CEU Ediciones) hacía un análisis clarividente de cómo la finalidad última de esa neolingua está en extinguir la posibilidad de la libertad de pensamiento y acallar la voz de la conciencia. En ese ambiente opresor de 1984, el Partido provoca un vocabulario reducido, limitado a las sensaciones indispensables para vivir. La crítica orwelliana que tenía como objetivo el comunismo soviético es aplicable a todo tipo de políticas opresoras en nuestras democracias occidentales.
En 2010, J.Á. González Sainz publicaba Ojos que no ven (Anagrama), una novela en la que una familia emigra a una de las industriales poblaciones del norte, ante la falta de perspectiva económica. Allí, la mujer y el hijo mayor sucumben a las fascinaciones del discurso de los «nuevos amos», y a las nuevas significaciones de las palabras identidad y afirmación. Así, el padre de esa familia «aunque no sabe muchas cosas y que es todo lo pobretón que tú quieras, hay algo que sí que sabe: que unas cosas son justas en esta vida y otras injustas; que unas cosas son atinadas y otras un completo desatino; que unas, como en el campo, crecen sanas y otras en cambio crecen esmirriadas o llenas de plagas […], y que unas suelen traer aparejado el bien general y otras no acaban acarreando más que calamidades y atrocidades». Ese padre muestra una especial sensibilidad hacia las circunstancias que le rodean, y González Sainz se pregunta si en ellas hay un reclamo constante a la conciencia. El autor parece que deja la pregunta sin contestar, pero su propio personaje parece que sí ha atisbado respuesta. Y todo gracias a su propio padre, el que hace unos 80 años y ante una situación igualmente injusta le muestra el sentido de grandeza de la vida. Por eso, a pesar de su origen humilde, cuida las palabras y en un intento desesperado querrá mostrar a su mujer y su hijo las falacias de las que son cautivos. Por la belleza de la narración, por lo que reclama la verdad, y por lo actual de esta historia, es Ojos que no ven una novela imprescindible.


viernes, 22 de septiembre de 2017

Conciencia de don

Una mujer que había pasado una gran prueba, preguntada por cómo afrontaba su vida, contestó: «Es necesario pedir al Señor tiempo para saber leer la historia de nuestra vida». Solo así podremos ser conscientes de los dones que nos son regalados y, cuando caemos en la cuenta, descubrimos una belleza que, en palabras del escritor José Manuel Mora Fandos, «parpadea fugazmente en cualquier momento inesperado, habita inadvertida en nuestra misma casa, susurrando, y casi siempre acaba complicándonos un poco la vida porque es profundamente humana y nos liga a las luces y sombras del otro».

La respuesta que surge ante esta certidumbre solo puede ser agradecimiento. Solo así se entiende que pudieran dar la vida por ese amor que les consumía. Parte de esta intuición se encuentra en la novela de Rafael Álvarez Avello Recuerde el alma dormida, recientemente publicada por la muy interesante editorial La Huerta Grande.

Sí, supongo que al lector le ha sucedido lo mismo que a mí, y no ha podido remediar terminar los versos: Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando. Las letras de Jorge Manrique forman parte de nuestro patrimonio, y nos conforman y confortan, estableciendo un padecimiento compartido con el poeta. Al autor esos versos que escuchó desde niño le empujaron a adentrarse y profundizar durante años en quién era Jorque Manrique, y a completar una novela donde poder narrar la historia del poeta en pleno siglo XV.

En Recuerde el alma dormida hay historia y hay ficción. Lejos de ser un demérito para la novela es, en esos mismos hechos, fruto de la imaginación de Álvarez Avello, donde hay destellos de esa belleza fugaz, como por ejemplo en esa batalla entre moros y cristianos a los que sorprende la noche, y el frío les obliga a pasar esas horas de oscuridad acurrucados los unos con los otros para soportar las bajas temperaturas, la explicación de los amores de Jorge Manrique, o la existencia de un hermanastro del poeta.

Y todo ello lo hace como en una conversación, como si un amigo estuviera relatando historias, a veces susurrando, a veces elevando el tono. Pero esta novela guarda todavía una idea que a medida que se suceden las páginas, va tomando forma: el agradecimiento por lo recibido, que suele ser además a través de otros, de los que estaban allí (no se sabe desde cuándo, quizá desde siempre) y a lo mejor no les prestamos la debida atención.

Publicado en Alfa y Omega

lunes, 31 de julio de 2017

In angulo cum libro

Está maravillosa explicación de la experiencia de leer es de José Jiménez Lozano:

El adagio en latín que nos pinta la soledad transfigurada y feliz, tal y como la imaginaban los antiguos, dice: "In angulo cum libro", esto es, "con un libro en un rincón"; pero no el "Día del libro" o en la "Feria del libro", sino siempre. Y esto equivaldría , en realidad, al momento en que se atiende a un fuego; o se despabila una candela, se mira fotografía de un ser amado; se está en estancia o jardín cerrado se lee carta de allegado o historia de cualquier otro ser humano que siempre es nuestro próximo, andrajos de tiempo y mundo se desechan; y hasta la muerte parece perder su imperio y no nos empavorece. 


martes, 25 de julio de 2017

El bien que no hacemos

Cuentan que G. K. Chesterton tuvo una conversación con un tabernero de Calais, al desembarcar en Francia. Este último se lamentaba amargamente de la vida y de la falta cada vez mayor de libertad: «Es lamentable haber hecho tres revoluciones para volver a caer siempre en el mismo lugar». Y Chesterton le contesta que una revolución es el movimiento de un móvil que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida.

Pero descubrimos en nosotros una indignación ante el mal que nos empuja a… ¿reaccionar?, ¿cambiar? ¿buscar la felicidad? A veces sentimos un anhelo de eso, de revolución, de golpe contundente… Jonathan Sacks, rabino principal de Gran Bretaña, avisaba en Celebrar la vida que nuestra época «ha presenciado el predominio de dos instituciones inmensamente poderosas, el Estado y el mercado. Se pensaba que entre las dos se podían solucionar la mayoría de los problemas humanos. La felicidad consiste en lo que tenemos; el mercado se concentra en lo que no tenemos. La felicidad reside en el bien que hacemos; el Gobierno se ocupa del bien que pagamos que otros hagan».

En mi necesidad de respuesta aparecen dos relatos geniales con los que me he cruzado: Aristócratas anónimos, de Enrique García-Maiquez, y Las señoras, de José Jiménez Lozano. Los dos tienen en común mostrar cómo una minoría creativa actúa en la búsqueda del bien, la verdad o la belleza… o de las tres a la vez. Aristócratas anónimos se publicó este verano a la vieja usanza, es decir, por entregas en el Diario de Sevilla. Ahora se pueden leer todos del tirón en la versión digital del diario (lástima, pero esa emoción que vivimos sus lectores de estar esperando el siguiente capítulo ya no se repetirá). En este relato, un grupo misterioso realiza una serie de atentados contra aquello que afea las ciudades. Todas sus actuaciones se saldan sin ninguna víctima, por supuesto, y además exageran la cortesía y los buenos modales.

En Las señoras (Seix Barral), dos afables ancianas, Clemencia y Constancia, que se definen como «agustinianas, demócratas, republicanas, anarquistas y reaccionarias», muestran un delicioso y divertidísimo sentido de la resistencia cultural ante las diversas manifestaciones de las corrientes actuales. En los dos relatos hay un deseo de felicidad. En los dos vemos como no se pueden conformar con eso que llamamos bienestar. En los dos el motor de la acción es el don de sí: reconocer al mirar al otro una solidaridad desde un mismo Creador y un mismo Redentor.

Publicado en Alfa y Omega

martes, 20 de junio de 2017

Huellas de la experiencia cristiana en la poesía contemporánea española

“Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma
de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural. En las grandes urbes puede observarse un entramado en el que grupos de personas comparten las mismas formas de soñar la vida y similares imaginarios y se constituyen en nuevos sectores humanos, en territorios culturales, en ciudades invisibles”. 
Así se pronuncia el Papa Francisco en el punto 74 de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. ¿Estamos ante un lamento por la ausencia de los católicos donde se originan los relatos? ¿Nostalgia de un tiempo en el que la religión católica florecía en todas partes, en la cultura, las artes, la economía, la política? ¿Es esa ausencia un acto premeditado de borrar a Dios de la esfera pública? ¿Una incapacidad de los católicos por no poder mostrar nuestra pertenencia en nuestras expresiones culturales? ¿Una inseguridad existencial, un miedo profundo, que nos hace construir muros que impiden un verdadero diálogo, para el que estamos llamados?

Es cierto que se constata, desde una mirada apresurada, un abandono de Dios en los temas tratados por el arte, quizá en términos cuantitativos en relación a otras épocas, pero eso no significa que Dios no esté presente, porque el sentido religioso es mucho más profundo y grande que una idea de Dios “bien acotada y aseada”, que es la que a veces buscamos para hacer el análisis de Su Presencia. Pero en las palabras de Francisco no leemos un lamento nostálgico, sino un llamamiento a la unidad de vida y a descubrir en la cultura las huellas de una experiencia cristiana. A lo que parece invitar Francisco es a no levantar muros en el diálogo, sino a buscar y a encontrar al otro, para poder afirmar que ese otro es un bien para mí, y deseo que participe del bien que he podido saborear en el encuentro con Cristo.

Según una visión pesimista, miedosa, podría parecer que en el arte se perciben las obras de temática religiosa como brotes de invierno, asombrosos supervivientes bajo un pesado manto de nieve. Si obedecemos al título de este Congreso, estamos invitados a agudizar la mirada, a profundizar la búsqueda. Así, podemos constatar que en la creación artística contemporánea (en todas sus vertientes) sí podemos encontrar huellas del hecho religioso, nostalgia de un deseo natural del hombre. Lo explicaba maravillosamente Marko Iván Rupnik, en una entrevista realizada antes de su participación en una anterior edición de este Congreso: “Cuando he llevado a mis estudiantes a una galería de arte contemporáneo, algunos se han reído delante de ciertas obras y les he llamado la atención por esta actitud. Yo soy sacerdote, confieso, y no me río del penitente nunca. ¿Cómo podéis reíros delante de aquello que muestra la verdad de vuestros contemporáneos? Ninguna confesión es bella, porque el pecado es feo. El arte contemporáneo es sagrado porque es una traducción directa del corazón humano. Deberíamos preguntarnos qué ha sucedido para que el hombre haya llegado a este punto. El único sacramento que no funciona en nuestra Iglesia es la confesión, pero toda la humanidad se está confesando” (RODRÍGUEZ VELASCO, M. y VELASCO QUINTANA, P.H. “Entrevista con Marko Iván Rupnik”. Revista Debate Actual. Nº13. Madrid: CEU Ediciones, 2008.)

En la presente comunicación, partimos de esta intuición para proponer una lectura de algunos poetas contemporáneos, indagando en sus obras las huellas de la experiencia cristiana.

Hemos elegido la poesía porque creemos que es un ámbito donde el creador se muestra verdaderamente libre de ataduras mercantilistas que puedan provocar una autocensura. Es en la poesía, por sus rasgos muy específicos de apertura y profundidad, donde mejor se hace real la cita de Rupnik.

Y nos hemos decantado por poetas de la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del XXI para subrayar que la pregunta por Dios en el hombre es de plena actualidad. 

Entre esas huellas hemos planteado las siguientes: la sed de infinito en el corazón de todo hombre; el don de agradecimiento como forma existencial; la muerte como pregunta; la herida del hombre que le hace consciente de su miseria; y la mirada hacia Dios como posibilidad de un Tú.

Sed de infinito en el corazón

La constatación en el hombre de que las cosas de este mundo no satisfacen plenamente supone en él un anhelo de infinito. La insatisfacción nos conduce constantemente a la búsqueda de más, intuyendo que en este mundo no podemos encontrar lo que nos llena enteramente. Esta experiencia nos conduce por un lado a poder argumentar que en el hombre hay una serie de actividades que trascienden lo material, y que en consecuencia, sólo se pueden explicar por la existencia de un principio espiritual que llamamos alma. Y como tal nos suscita la pregunta sobre el origen de estas actividades espirituales del hombre que no pueden transmitirse por generación.

Ejemplo de esta sed de infinito y de la pregunta que suscita la encontramos en el poema “Posible final del recorrido”, de Michel Houellebecq:

Una rápida mañana de sol,
y quiero lograr mi muerte.
Leo un esfuerzo en sus ojos:
¡Dios, qué insípido es el hombre!
Nunca se está lo bastante sereno
como para soportar los días de otoño.
¡Dios, qué monótona es la vida,
qué lejos están los horizontes!
Una mañana de invierno, dulcemente,
lejos de la morada de los hombres;
deseo de un sueño, absolutamente,
de un recuerdo que nada pueda borrar. 


para leer  la comunicación completa pinchar aqui

viernes, 9 de junio de 2017

Un ejercicio de obediencia

Este texto sobre el poeta Daniel Faria lo escribí hace casi un año. Hoy, en nueva edición de la Feria del Libro de Madrid, he vuelto a charlar con Rita en la caseta de Sígueme, y de nuevo hemos vuelto sobre el poeta. Además, Eduardo, editor de Sígueme, impartió una magistral ponencia en el pabellón central de la Feria.

Un ejercicio de obediencia

«¡Y eso que nosotros no editamos poesía!» La editora de Sígueme se mostró así de tajante cuando me detuve a charlar con ella en su caseta de la Feria del Libro. «Pero con Daniel Faria hemos tenido que hacer una excepción, y hemos publicado sus tres libros», continuó.

Con la misma pasión me señaló que Daniel Augusto da Cunha Faria era una de las voces más prometedoras de la poesía portuguesa. Que ya había sido incluido en antologías entre los destacados del final del siglo XX. Daniel Faria, como firmaba los libros, sintió pronto su vocación religiosa. Tras cursar Teología en la Universidad Católica Portuguesa, y Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Oporto, en otoño de 1997, con apenas 26 años, ingresó como postulante en el monasterio benedictino de San Bento da Vitória, que depende del monasterio de Singeverga. Un año después iniciaba el noviciado. El 9 de junio de 1999 el joven poeta sufrió un accidente doméstico y marchó a la Casa del Padre. «Vaya… un benedictino que escribe poesía y muere joven, ¡interesante!», me dije.

La editora puso un libro en mis manos, Hombres que son como lugares mal situados. ¡Menudo título! Una invitación irresistible. Convencido de haber hecho un gran hallazgo caigo en la cuenta, mientras buceo en internet, de que son muchos los admiradores de Faria, aunque existe poca información sobre él. Apenas una entrevista y un bellísimo discurso titulado Autorretrato del joven artista (quizá haciendo un guiño a Joyce) que impartió un año antes de su muerte en la Asociación de Periodistas y Hombres de Letras de Oporto. Precisamente en ese discurso planteaba algunas líneas maestras de su poesía.

Desde su maravillosa juventud podemos descubrir una poesía de tono meditativo y profundo, casi himnos. Ejemplo de ello es Elogio de la mujer: «El corazón de la mujer es alto/ pero no solo por eso la mujer oscila/ ella es como el navío mercante/ que llega cargado de grano», o los versos que abren la parte titulada Para el instrumento difícil del silencio: «Sé que existes y multiplicarás/ Tu falta./ Sumaré tu ausencia a mi escucha/ y tú redoblarás mi vida». Daniel Faria afirmaba de su libro, con humildad y con la clarividencia del que sabe que nadie crea nada de cero, que «no sé muy bien cómo los compuse [los poemas de ese libro]; fueron escritos cuando iba a entrar en el monasterio, y me hallaba como en estado de gracia absoluto. Sentí entonces que los poemas se nos dan. Construirlos es un ejercicio de obediencia».

Aunque tú me sigas reclamando

En la sección de ensayo de las librerías estamos asistiendo a un tema recurrente. Es uno de los grandes hits de la historia del pensamiento...