lunes, 31 de julio de 2017

In angulo cum libro

Está maravillosa explicación de la experiencia de leer es de José Jiménez Lozano:

El adagio en latín que nos pinta la soledad transfigurada y feliz, tal y como la imaginaban los antiguos, dice: "In angulo cum libro", esto es, "con un libro en un rincón"; pero no el "Día del libro" o en la "Feria del libro", sino siempre. Y esto equivaldría , en realidad, al momento en que se atiende a un fuego; o se despabila una candela, se mira fotografía de un ser amado; se está en estancia o jardín cerrado se lee carta de allegado o historia de cualquier otro ser humano que siempre es nuestro próximo, andrajos de tiempo y mundo se desechan; y hasta la muerte parece perder su imperio y no nos empavorece. 


martes, 25 de julio de 2017

El bien que no hacemos

Cuentan que G. K. Chesterton tuvo una conversación con un tabernero de Calais, al desembarcar en Francia. Este último se lamentaba amargamente de la vida y de la falta cada vez mayor de libertad: «Es lamentable haber hecho tres revoluciones para volver a caer siempre en el mismo lugar». Y Chesterton le contesta que una revolución es el movimiento de un móvil que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida.

Pero descubrimos en nosotros una indignación ante el mal que nos empuja a… ¿reaccionar?, ¿cambiar? ¿buscar la felicidad? A veces sentimos un anhelo de eso, de revolución, de golpe contundente… Jonathan Sacks, rabino principal de Gran Bretaña, avisaba en Celebrar la vida que nuestra época «ha presenciado el predominio de dos instituciones inmensamente poderosas, el Estado y el mercado. Se pensaba que entre las dos se podían solucionar la mayoría de los problemas humanos. La felicidad consiste en lo que tenemos; el mercado se concentra en lo que no tenemos. La felicidad reside en el bien que hacemos; el Gobierno se ocupa del bien que pagamos que otros hagan».

En mi necesidad de respuesta aparecen dos relatos geniales con los que me he cruzado: Aristócratas anónimos, de Enrique García-Maiquez, y Las señoras, de José Jiménez Lozano. Los dos tienen en común mostrar cómo una minoría creativa actúa en la búsqueda del bien, la verdad o la belleza… o de las tres a la vez. Aristócratas anónimos se publicó este verano a la vieja usanza, es decir, por entregas en el Diario de Sevilla. Ahora se pueden leer todos del tirón en la versión digital del diario (lástima, pero esa emoción que vivimos sus lectores de estar esperando el siguiente capítulo ya no se repetirá). En este relato, un grupo misterioso realiza una serie de atentados contra aquello que afea las ciudades. Todas sus actuaciones se saldan sin ninguna víctima, por supuesto, y además exageran la cortesía y los buenos modales.

En Las señoras (Seix Barral), dos afables ancianas, Clemencia y Constancia, que se definen como «agustinianas, demócratas, republicanas, anarquistas y reaccionarias», muestran un delicioso y divertidísimo sentido de la resistencia cultural ante las diversas manifestaciones de las corrientes actuales. En los dos relatos hay un deseo de felicidad. En los dos vemos como no se pueden conformar con eso que llamamos bienestar. En los dos el motor de la acción es el don de sí: reconocer al mirar al otro una solidaridad desde un mismo Creador y un mismo Redentor.

Publicado en Alfa y Omega

martes, 20 de junio de 2017

Huellas de la experiencia cristiana en la poesía contemporánea española

“Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma
de las ciudades. No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural. En las grandes urbes puede observarse un entramado en el que grupos de personas comparten las mismas formas de soñar la vida y similares imaginarios y se constituyen en nuevos sectores humanos, en territorios culturales, en ciudades invisibles”. 
Así se pronuncia el Papa Francisco en el punto 74 de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. ¿Estamos ante un lamento por la ausencia de los católicos donde se originan los relatos? ¿Nostalgia de un tiempo en el que la religión católica florecía en todas partes, en la cultura, las artes, la economía, la política? ¿Es esa ausencia un acto premeditado de borrar a Dios de la esfera pública? ¿Una incapacidad de los católicos por no poder mostrar nuestra pertenencia en nuestras expresiones culturales? ¿Una inseguridad existencial, un miedo profundo, que nos hace construir muros que impiden un verdadero diálogo, para el que estamos llamados?

Es cierto que se constata, desde una mirada apresurada, un abandono de Dios en los temas tratados por el arte, quizá en términos cuantitativos en relación a otras épocas, pero eso no significa que Dios no esté presente, porque el sentido religioso es mucho más profundo y grande que una idea de Dios “bien acotada y aseada”, que es la que a veces buscamos para hacer el análisis de Su Presencia. Pero en las palabras de Francisco no leemos un lamento nostálgico, sino un llamamiento a la unidad de vida y a descubrir en la cultura las huellas de una experiencia cristiana. A lo que parece invitar Francisco es a no levantar muros en el diálogo, sino a buscar y a encontrar al otro, para poder afirmar que ese otro es un bien para mí, y deseo que participe del bien que he podido saborear en el encuentro con Cristo.

Según una visión pesimista, miedosa, podría parecer que en el arte se perciben las obras de temática religiosa como brotes de invierno, asombrosos supervivientes bajo un pesado manto de nieve. Si obedecemos al título de este Congreso, estamos invitados a agudizar la mirada, a profundizar la búsqueda. Así, podemos constatar que en la creación artística contemporánea (en todas sus vertientes) sí podemos encontrar huellas del hecho religioso, nostalgia de un deseo natural del hombre. Lo explicaba maravillosamente Marko Iván Rupnik, en una entrevista realizada antes de su participación en una anterior edición de este Congreso: “Cuando he llevado a mis estudiantes a una galería de arte contemporáneo, algunos se han reído delante de ciertas obras y les he llamado la atención por esta actitud. Yo soy sacerdote, confieso, y no me río del penitente nunca. ¿Cómo podéis reíros delante de aquello que muestra la verdad de vuestros contemporáneos? Ninguna confesión es bella, porque el pecado es feo. El arte contemporáneo es sagrado porque es una traducción directa del corazón humano. Deberíamos preguntarnos qué ha sucedido para que el hombre haya llegado a este punto. El único sacramento que no funciona en nuestra Iglesia es la confesión, pero toda la humanidad se está confesando” (RODRÍGUEZ VELASCO, M. y VELASCO QUINTANA, P.H. “Entrevista con Marko Iván Rupnik”. Revista Debate Actual. Nº13. Madrid: CEU Ediciones, 2008.)

En la presente comunicación, partimos de esta intuición para proponer una lectura de algunos poetas contemporáneos, indagando en sus obras las huellas de la experiencia cristiana.

Hemos elegido la poesía porque creemos que es un ámbito donde el creador se muestra verdaderamente libre de ataduras mercantilistas que puedan provocar una autocensura. Es en la poesía, por sus rasgos muy específicos de apertura y profundidad, donde mejor se hace real la cita de Rupnik.

Y nos hemos decantado por poetas de la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del XXI para subrayar que la pregunta por Dios en el hombre es de plena actualidad. 

Entre esas huellas hemos planteado las siguientes: la sed de infinito en el corazón de todo hombre; el don de agradecimiento como forma existencial; la muerte como pregunta; la herida del hombre que le hace consciente de su miseria; y la mirada hacia Dios como posibilidad de un Tú.

Sed de infinito en el corazón

La constatación en el hombre de que las cosas de este mundo no satisfacen plenamente supone en él un anhelo de infinito. La insatisfacción nos conduce constantemente a la búsqueda de más, intuyendo que en este mundo no podemos encontrar lo que nos llena enteramente. Esta experiencia nos conduce por un lado a poder argumentar que en el hombre hay una serie de actividades que trascienden lo material, y que en consecuencia, sólo se pueden explicar por la existencia de un principio espiritual que llamamos alma. Y como tal nos suscita la pregunta sobre el origen de estas actividades espirituales del hombre que no pueden transmitirse por generación.

Ejemplo de esta sed de infinito y de la pregunta que suscita la encontramos en el poema “Posible final del recorrido”, de Michel Houellebecq:

Una rápida mañana de sol,
y quiero lograr mi muerte.
Leo un esfuerzo en sus ojos:
¡Dios, qué insípido es el hombre!
Nunca se está lo bastante sereno
como para soportar los días de otoño.
¡Dios, qué monótona es la vida,
qué lejos están los horizontes!
Una mañana de invierno, dulcemente,
lejos de la morada de los hombres;
deseo de un sueño, absolutamente,
de un recuerdo que nada pueda borrar. 


para leer  la comunicación completa pinchar aqui

viernes, 9 de junio de 2017

Un ejercicio de obediencia

Este texto sobre el poeta Daniel Faria lo escribí hace casi un año. Hoy, en nueva edición de la Feria del Libro de Madrid, he vuelto a charlar con Rita en la caseta de Sígueme, y de nuevo hemos vuelto sobre el poeta. Además, Eduardo, editor de Sígueme, impartió una magistral ponencia en el pabellón central de la Feria.

Un ejercicio de obediencia

«¡Y eso que nosotros no editamos poesía!» La editora de Sígueme se mostró así de tajante cuando me detuve a charlar con ella en su caseta de la Feria del Libro. «Pero con Daniel Faria hemos tenido que hacer una excepción, y hemos publicado sus tres libros», continuó.

Con la misma pasión me señaló que Daniel Augusto da Cunha Faria era una de las voces más prometedoras de la poesía portuguesa. Que ya había sido incluido en antologías entre los destacados del final del siglo XX. Daniel Faria, como firmaba los libros, sintió pronto su vocación religiosa. Tras cursar Teología en la Universidad Católica Portuguesa, y Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Oporto, en otoño de 1997, con apenas 26 años, ingresó como postulante en el monasterio benedictino de San Bento da Vitória, que depende del monasterio de Singeverga. Un año después iniciaba el noviciado. El 9 de junio de 1999 el joven poeta sufrió un accidente doméstico y marchó a la Casa del Padre. «Vaya… un benedictino que escribe poesía y muere joven, ¡interesante!», me dije.

La editora puso un libro en mis manos, Hombres que son como lugares mal situados. ¡Menudo título! Una invitación irresistible. Convencido de haber hecho un gran hallazgo caigo en la cuenta, mientras buceo en internet, de que son muchos los admiradores de Faria, aunque existe poca información sobre él. Apenas una entrevista y un bellísimo discurso titulado Autorretrato del joven artista (quizá haciendo un guiño a Joyce) que impartió un año antes de su muerte en la Asociación de Periodistas y Hombres de Letras de Oporto. Precisamente en ese discurso planteaba algunas líneas maestras de su poesía.

Desde su maravillosa juventud podemos descubrir una poesía de tono meditativo y profundo, casi himnos. Ejemplo de ello es Elogio de la mujer: «El corazón de la mujer es alto/ pero no solo por eso la mujer oscila/ ella es como el navío mercante/ que llega cargado de grano», o los versos que abren la parte titulada Para el instrumento difícil del silencio: «Sé que existes y multiplicarás/ Tu falta./ Sumaré tu ausencia a mi escucha/ y tú redoblarás mi vida». Daniel Faria afirmaba de su libro, con humildad y con la clarividencia del que sabe que nadie crea nada de cero, que «no sé muy bien cómo los compuse [los poemas de ese libro]; fueron escritos cuando iba a entrar en el monasterio, y me hallaba como en estado de gracia absoluto. Sentí entonces que los poemas se nos dan. Construirlos es un ejercicio de obediencia».

viernes, 26 de mayo de 2017

Una novela pascual

Hace ya unos años, a las facultades de las universidades de Madrid llegaba una revista que se llamaba Calibán. Era una revista cultural, editada por la archidiócesis de Madrid, que tenía una especial virtud: provocaba diálogos interesantísimos entre sus lectores y suponía un lugar de encuentro. Entre los nombres de los que componían la redacción estaban Javier Alonso o Juan Manuel de Prada, pero yo recuerdo especialmente los artículos de Eva Latonda. Después he podido conocer los distintos proyectos creativos y culturales que ha llevado a cabo. Y este año nos hemos encontrado con una gran sorpresa: su primera novela. Se titula Misalgar y la ha publicado la sugerente editorial Renacimiento.
Un primer vistazo puede concluir que estamos ante una nueva novela dentro de esta ola de revivals, qué pasó con, o yo también sobreviví a la EGB que muestran un exceso de nostalgia. Pero eso supondría reducir una profundísima historia. Es cierto que Misalgar es un regreso a la infancia, en lo que podría ser una suerte de autobiografía de la autora o quizá su autoficción, es decir, la plasmación de las cuestiones que le importan. Pero además, Latonda muestra de modo magistral cómo el camino a lo universal empieza en lo personal. Confieso que me he sentido personalmente aludido con su historia. Y me he encontrado profundamente conmovido.
Señala la autora una delicada distancia entre la nostalgia y el enraizamiento. Cuando recuerda las voces, pasos, risas, sueños del pasado y de los que nos rodearon, afirma que «es una sensación poderosa y, al mismo tiempo, efímera. Pero no es un sentimiento de nostalgia, porque la añoranza es rescoldo de debilidad. La mía es más bien una sensación de enraizamiento». Eso sí, Eva Latonda muestra una grandísima delicadeza al plantearnos también un sentido precioso de nostalgia: dónde nos detenemos para volver a estar con los que marcharon.
Ahora bien, lo que es verdaderamente esta novela es pascual. No solo porque en la historia dos signos pascuales como son el agua y el fuego tengan una especial presencia. En un mundo en tinieblas, en el que la oscuridad no nos permite fiarnos del que tenemos al lado. En un mundo en el que nos hemos llenado de expectativas, qué bien nos viene que alguien nos hable de Esperanza, con E mayúscula, de lo que Eva llama El campo triunfante.

viernes, 19 de mayo de 2017

La certeza

Hace unas semanas El País se preguntaba por qué a los filósofos nadie les quiere. La cuestión la provocaba el descrédito creciente de las humanidades en los planes de estudio. Pero queda latente el engaño que sufrimos cuando no vivimos con una actitud justa las cosas, cuando no nos damos cuenta de que todas llevan escrito más allá. Así los filósofos terminan resultándonos fatigosos. Y utilizamos filósofo para todo aquel que echa parrafadas con cierto aire new age, en vez de para aquel que nos recuerda que nuestro corazón está hecho para el infinito.
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lunes, 24 de abril de 2017

Un modelo de gestión

Fabrice Hadjadj, en ¿Qué es una familia? recoge una definición maravillosa de "gestión", esa palabreja de la que se dicen tantas cosas y de las que huyen despavoridos algunos amigos de la docencia universitaria (y para ellos va dedicada esta cita):

El hacer más elevado está en un hacer sitio, en un permitir advenir, y no en un dominio total, o que la "gestión", como se suele decir, más elevada es hacer gestos que dispongan un espacio para que el otro pueda fructificar en su misma alteridad.