miércoles, 30 de mayo de 2012

Músicos folk tumbados en la hierba

De las mejores cosas que hay en el mundo es estar tumbado en la hierba. Emma Hartley firma un blog musical muy interesante (Mike Scott, el de los Waterboys, lo recomienda) y ha recopilado en este post una galería de músicos de folk que aparecen en las portadas tumbados en la hierba. Y saca unos cuantos.
Además de ser una compilación divertida, es un buen lugar para descubrir algunos nombres nuevos. Y no os perdáis los comentarios a cada foto, que tienen una especial gracia.

lunes, 28 de mayo de 2012

Maurice Sendak: la importancia, en literatura infantil (y en todo), de no pensar que los niños son idiotas

Me cuentan que la fila para firmar más larga de la Feria del Libro de Madrid la provocó un tal Geronimo Stilton, que es un presonaje imaginado disfrazado de rata. Al autor de la rata y de los libros que protagoniza nadie le conoce.
Mientrasm, me acuerdo de que hace unos días ABC publicaba una bella necrológica (sí, pueden ser bellas) firmada por Andrés Ibañez, sobre el literato infantil Maurice Sendak, conocido por Donde viven los monstruos.
Además de un repaso por sus mejores obras (me muero de ganas por conseguir Bumble-ardy), Ibañez da en la clave del éxito de Sendak: los niños no son tontos, no les vale cualquier cosa con colores vistosos.

Todo el mundo conoce los dibujos de Maurice Sendak, encantadores y al mismo tiempo llenos de expresividad y de fuerza. Sus animales son recios, realistas. Los rotros fijan en nosotros rictus y gestos de rara intensidad. El ritmo virtuoso de su plumilla logra el carácter atemporal de los grabados antiguos.
Maurice Sendak se tomó a los niños en serio. Quiso hablarles también de esas cosas que todos los niños viven y todos los niños temen pero que muchos adultos fingen ignorar. Sus libros no son realmente pesadillas, sino manuales para librarse de pesadillas. Como las óperas de Mozart, que, no por casualidad, era su compositor favorito.

jueves, 10 de mayo de 2012

Las cosas que me importan me importan más que nunca

Enlace a La vida con música, que Antonio Muñoz Molina publica en su blog Escrito en un instante.
Buen título para un blog.
Tiene un arranque sensacional


Algo me pasa con los años: las cosas que me importan me importan más que nunca, las que me gustan me gustan cada vez más: el amor de las personas que quiero, la música, la literatura, el arte, la emoción de descubrir


Para después contar con una especial delicadeza y ternura una par de pequeñas satisfacciones mediante dos descubrimientos: una lectura en el metro y un nuevo guitarrista en el concierto de su club de jazz habitual.  Por elegir uno me gusta más el segundo, por ser compartido con su cuadrilla y por citar a John Coltrane.

Esta mañana iba en el metro y aprendí el mecanismo mediante el cual el agua asciende desde las raíces hasta lo más alto de los árboles. Lo aprendí en un libro que encontré hace unos días en la biblioteca pública, The Trees in My Forest, de Bernd Heinrich, un biólogo que cuenta con apasionamiento y claridad su vida en el bosque en el que tiene una cabaña, heredero inevitable y confeso de Thoreau en su lago de Walden.

Y por la noche, en Smoke, con amigos llegados de España, otro hallazgo: el cuarteto del batería Pete Zimmer, con un guitarrista que es habitual en el club, Peter Bernstein, y un saxo tenor prodigioso, George Garzone. Pete Zimmer lleva gafas de concha y tiene una cara redonda de estudiante modelo. Con qué arte toca la batería, sin avasallar a los otros músicos, pasando en un solo compás de la lentitud a la velocidad, a la vez rotundo y sin esa propensión al exhibicionismo truculento que algunos baterías creen imprescindible. Tocan My One and Only Love y sin decirnos nada nos miramos acordándonos de cómo tocaban esa canción John Coltrane y Duke Ellington, cómo la cantaba Johnny Hartman. Tocan una composición de Garzone a la memoria de Charles Mingus, The Mingus I Knew. Y cuando en medio de una larga improvisación Garzone cita rápidamente la melodía de You Don’t Know What Love Is también es como si nos incluyera en un secreto.


Quizá el final, cuya cita me apunto, desluce un pelín la belleza del texto por recordar heridas que debe tener el autor.


Volviendo a casa me acuerdo de esas palabras de Nietzsche: “la vida sin música es un error”. Y de otras de Shakespeare, creo que de Julio César, que me hacen pensar con más extrañeza o lástima que rencor en ciertas personas: “qué poca música en sus almas”. 

martes, 8 de mayo de 2012

Un buen tío

La canción de Refree podría haber sido una buena banda sonora en el caso hipotético de adaptar al cine un bello post que floreció en el Huerto Cerrado.
Aquí dejo una versión con Silvia Pérez Cruz y una grabación de los Concerts Privats en la que da ganas de haber estado allí.
Este estilo de grabación de conciertos en lugares distintos de los habituales está dando frutos muy interesantes. Así no hay que dejar de visitar La Blogotheque y sus concert à emporter, y la sección Aquí te pillo aquí te grabo de El Mundo.



Aquí el vídeo oficial

lunes, 7 de mayo de 2012

Silencio de amor

Phillipe Claudel es un escritor francés (premio Goncourt, por cierto, y en España editado por Salamandra) que además es director y guionista de dos sublimes películas: Hace mucho que te quiero y Silencio de amor.
La primera es una grandísima película, pero de un dramatismo intenso. Y hoy no tengo el cuerpo para eso.
No es el caso de la segunda. Silencio de amor se llama realmente Tous les soleils (todos los soles), pero el distribuidor español ha decidido que la traducción sea Silencio de amor. Esto de cambiarles el título a las películas en España es una práctica habitual, casi folklórica diría, que ha tenido casos como Sonrisas y Lágrimas (The sound of music), o una de Al Pacino que se llamaba Carlito's way y que se transformó en Atrapado por su pasado.
Pero en este caso el cambio de título es idóneo, casi que el autor debería valorar adoptarlo como tal.

En Silencio de amor, Alessandro es un profesor italiano de música barroca que vive en Estrasburgo. Con esta frase ya bastaría para recomendar la película, pero hay más.
El caso es que Alessandro vive con Irina, su hija adolescente de quince años y su hermano que insiste en solicitar el asilo político desde que Berlusconi llegó al poder.
La gran personalidad de Steffano Accorsi (Alessandro) llena la película. Sostiene y se esfuerza en cuidar a su hija y su hermano, disfruta de una preciosa amistad con una simpatica pandilla, en su trabajo es un apasionado que, claro, apasiona a sus almunos, y aún tiene tiempo de participar en una especie de ONG que se dedica a leer novelas y poesías a enfermos de los hospitales, actividad que le procura más amistades muy interesantes.
La clave es que es viudo desde pocos meses después del nacimiento de Irina, y como es normal, recuerda a su mujer, tiene fotos suyas, y durante la película se poner de manifiesto que algún intento de relación sentimental no ha fructificado.
Pero aquí viene el error del distribuidor español de la película, que no estuvo igual de acertado que con lo del título: se empeña en decir en el resumen de la contraportada del dvd que la vida de Alessandro está coja y que estar tan pendiente de su hija y su hermano le impide una vida plena porque no liga, vamos.
Y es que no hace falta insistir, y la película no insiste en que Alessandro se ennovie. Sólo el final abierto permite que el espectador decida, se imagine, haga una lectura creativa.
Insisto  en lo acertado del título porque describe verdaderamente el valor de la película. Se trata de una historia suave, sin alaracas, sin estridencias. Porque el amor verdadero está lleno de silencios. Lo contrario es más propio de comedietas de usar y tirar. En Silencio de amor prima el diálogo. Aún asi Phillipe Claudel, novelista él, no ha descuidado la imagen ni mucho menos:  las localizaciones de la ciudad de Estrasburgo son de una grandísima belleza. Se trata de una película de sentimientos humanos y de propuestas antropológicas. Acompaña mucho la música interpretada por un conjunto de música antigua y las referencias poéticas.
Me alegré tanto de que Boyero y los cursis de cinemanía pusieran a parir esta película, que era una de mis preferidas sin verla.
Silencio de amor es una gran película que, sin moralina, invita a mirar la propia vida con calma.