viernes, 29 de abril de 2011

...para, tan solo verle, intuir que le quiero más de lo que me quiero a mi

El grupo Manel tiene verdaderos regalos escondidos en sus letras

Manel, La cançó del soldadet



Escuchad la canción del soldadito
que a través de un ojo de buey
ve que vuelan unos vencejos!
Y no es que sea un experto, el soldadito,
pero, que vuelen los vencejos,
querrá decir que la tierra está cerca.
Y tan cerca debe de estar que baja el capitán
e intenta no parecer nervioso
mientras termina la instrucción:
“Concentraos, soldaditos, sed prudentes
y agarraos a la vida
con las uñas y los dientes”.
Ya en cubierta, los hombres rezan.
Ya en cubierta, los hombres rezan.
Y suelta un amén poco convencido, el soldadito,
y acaricia su fusil,
intentando no pensar en nada.
Desde proa van creciendo las colinas,
“soldadito, valor, valor,
que depende de gente como tú la suerte del mundo”.
Pero “si una bala enemiga cruza el viento
y me traspasa el cerebro”,
se plantea el soldadito,
“las olas me arrastrarán
y mil peces de colores
lucharán para devorar mi carne”.
Y es cuando piensa “yo me escondo;
cuando no miren, yo me escondo”.
Pero siempre miran, y el barco está parando,
las compuertas se han abierto
y, en un segundo, se inunda el mar
de soldados disparando al infinito
con un soldadito en medio,
que carga mientras insulta al enemigo.
Y entre bomba y bomba todo le va bastante bien
hasta que una cae justo al lado.
Primero se dice “suerte, de qué te ha ido…”,
pero después siente en la espalda un dolor extraño
y al tocársela le queda todo el brazo manchado de sangre.
Gira la cabeza a ambos lados.
Se sienta en la arena y descansa.
Y mientras llega el maldito médico, el soldadito
se tranquiliza repitiendo
que hará, a dónde irá, si sobrevive:
“Iré a mi madre bien vestido
y, antes que nada, tendré que decirle
que me perdone por tratarla siempre así;
iré a Margarita a hacerle un hijo
para, tan solo verle, intuir
que le quiero más de lo que me quiero a mi”.
.

miércoles, 27 de abril de 2011

El milagro de una novedad

Magistral artículo de Javier Alonso Sandoica (en el imprescindible portal El guijarro blanco) sobre Roberto Bolaño (Bolaño el último maldito)
Pone palabras a cuestiones que he intuido sobre el chileno y no sabía como expresar




Internet ha convertido la televisión en un selfservice de 24 horas, te sirves cuando quieres y, siempre que te cuides, cuanto quieres. Lo digo como ventaja magnífica de la modernidad. Si no viste aquel documental de La 2 sobre la vida diurna del murciélago, pues te vas a la página oficial de Televisión Española y te lo repones a medianoche. Me pasó hace poco con un reportaje muy bien hecho de la vida de Roberto Bolaño, que lo vi cuando quise. Sí, el gran Bolaño, el escritor que pasó de una intemperie anónima a la celebridad cuando Herralde sacó sus novelas a la luz. El documental se llama “Roberto Bolaño, el último maldito“. Por allí aparece un Vargas Llosa antes de ganar el Nobel regalando su opinión sobre el escritor chileno, soltando piropos como si hablara de su mujer.


Pero no son muchos conocidos o petulantes los que hablan de su persona en el documental, no hay críticos, ni tampoco están los entusiastas. Desfilan la dueña del bar de Blanes, al que iba a tomarse unos churros, y también los vecinos. Todos ellos gente modesta sin mucho qué decir, de ahí la maravilla. Mi relación con Bolaño ha sido siempre de interés creciente. Me marcó “2666“, la novela que Jorge Herralde publicó al año siguiente de su muerte por insuficiencia hepática. Pero la dejé sin terminar. En sus 1117 paginas homenajea a las mujeres que mueren vejadas en Ciudad Juarez, y lo hace con tanto detalle que no pude soportarlo.


Bolaño pensó en sus hijos antes de morir. Quería que “2666” apareciera no de una vez, sino por entregas, para que los beneficios llegaran en porciones calculadas. Tengo sus cuentos y novelas subrayados y glosados con mis desacuerdos, flechas de admiración, hay de todo. Bolaño no creía que la vida tuviera un destino de alegría, y eso siempre me ha dado mucha pena, como un amigo que se pierde una buena película porque se emperra en no dejarse aconsejar, porque no se fía. Definía la vida como una derrota de la que había que salir como un héroe o un valiente. Si esto te lo dice Woody Allen en una película te ríes, algo parecido aparece en el arranque de “La última noche de Boris Grushenko“: todos los hombres moriremos por un delito que no hemos cometido. Pero si es producto de una convicción, entristece. Yo entiendo la vida como el material de Ikea que sueltas en el salón de casa, de las piezas sueltas nace el milagro de una novedad. Bolaño ordenaba las tablas, lo hacía como nadie, pero no vio el armario.

martes, 26 de abril de 2011

Como una canción que no puedo cantar ni dejar de oír

La frase es de Jakson Browne, y es una acertada descripción de la muerte de alguien querido


No sé lo que pasa cuando uno muere, es como una canción en mi cabeza que no puedo cantar ni dejar de oír

miércoles, 6 de abril de 2011

Tan frágil y vil en todo

Un amigo me envía este poema de Leopardi, tras recordar el terremoto de Japón, y ante la imposibilidad de encontrar palabras de consuelo o explicación Naturaleza humana, ¿cómo si tan frágil y vil en todo, si polvo y sombra eres, tan alto sientes? (Giacomo Leopardi, Sobre el retrato de una bella mujer esculpido en el monumento sepulcral de la misma)