El milagro de una novedad

Magistral artículo de Javier Alonso Sandoica (en el imprescindible portal El guijarro blanco) sobre Roberto Bolaño (Bolaño el último maldito)
Pone palabras a cuestiones que he intuido sobre el chileno y no sabía como expresar




Internet ha convertido la televisión en un selfservice de 24 horas, te sirves cuando quieres y, siempre que te cuides, cuanto quieres. Lo digo como ventaja magnífica de la modernidad. Si no viste aquel documental de La 2 sobre la vida diurna del murciélago, pues te vas a la página oficial de Televisión Española y te lo repones a medianoche. Me pasó hace poco con un reportaje muy bien hecho de la vida de Roberto Bolaño, que lo vi cuando quise. Sí, el gran Bolaño, el escritor que pasó de una intemperie anónima a la celebridad cuando Herralde sacó sus novelas a la luz. El documental se llama “Roberto Bolaño, el último maldito“. Por allí aparece un Vargas Llosa antes de ganar el Nobel regalando su opinión sobre el escritor chileno, soltando piropos como si hablara de su mujer.


Pero no son muchos conocidos o petulantes los que hablan de su persona en el documental, no hay críticos, ni tampoco están los entusiastas. Desfilan la dueña del bar de Blanes, al que iba a tomarse unos churros, y también los vecinos. Todos ellos gente modesta sin mucho qué decir, de ahí la maravilla. Mi relación con Bolaño ha sido siempre de interés creciente. Me marcó “2666“, la novela que Jorge Herralde publicó al año siguiente de su muerte por insuficiencia hepática. Pero la dejé sin terminar. En sus 1117 paginas homenajea a las mujeres que mueren vejadas en Ciudad Juarez, y lo hace con tanto detalle que no pude soportarlo.


Bolaño pensó en sus hijos antes de morir. Quería que “2666” apareciera no de una vez, sino por entregas, para que los beneficios llegaran en porciones calculadas. Tengo sus cuentos y novelas subrayados y glosados con mis desacuerdos, flechas de admiración, hay de todo. Bolaño no creía que la vida tuviera un destino de alegría, y eso siempre me ha dado mucha pena, como un amigo que se pierde una buena película porque se emperra en no dejarse aconsejar, porque no se fía. Definía la vida como una derrota de la que había que salir como un héroe o un valiente. Si esto te lo dice Woody Allen en una película te ríes, algo parecido aparece en el arranque de “La última noche de Boris Grushenko“: todos los hombres moriremos por un delito que no hemos cometido. Pero si es producto de una convicción, entristece. Yo entiendo la vida como el material de Ikea que sueltas en el salón de casa, de las piezas sueltas nace el milagro de una novedad. Bolaño ordenaba las tablas, lo hacía como nadie, pero no vio el armario.

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