Las chicas de las novelas

Cubierta de la edición
española de
Ángeles Rebeldes
(Libros del Asteroide)
Se habla mucho de las chicas de las películas, que han inspirado canciones, libros e incluso más películas.
Pero... ¿y las de las novelas?
Estas son mucho mejores, porque a partir de una descripción del autor, el lector tiene una labor creativa (o, como es mi caso, una recreación, un recuerdo, una personificación que siempre acude a Ella).
Aquí van mis tres preferidas:


  1. El número uno indiscutible es para María Magdalena Theotoky, la interesantísima estudiante de doctorado de Ángeles rebeldes de Robertson Davies. "¿Ah, qué joya de nombre!¡una flor en la boca!". Para Urky es 850 milielenas según la escala Rushton. Mantiene una apasionante batalla interior entre su origen (su raíz) y lo que anhela ser (su copa). 
  2. Lady Julia de Retorno a Brideshead (Evelyn Waugh). Todos en la novela se refieren a ella por su belleza. Llega a decir Anthony que tiene una belleza Florentina. Para Charles es exquisita. Pero está en este puesto por su honestidad, y por, a pesar de sus debilidades, tener tan claras las cosas (esto lo recordó García Maiquez en su blog: una despedida a lo Casablanca ¡genial!). 
  3. Bella y Perfecta Madre, de Brooklyn Follies (Paul Auster). Se llama Nancy Mazzuccheli, y sí, yo también creo que es artista. Diseña joyas. Madre de dos niños, es del barrio de Brooklyn "de toda la vida". "La llamaba B. P. M. Las iniciales significaban Bella y Perfecta Madre, porque no sólo no había hablado jamás con ella, sino que tampoco sabía su nombre. Vivía en una casa de piedra rojiza, a medio camino entre su apartamento y la librería de Harry, y todas las mañanas cuando iba a desayunar la veía sentada en el primer escalón de su casa con sus dos hijos pequeños, esperando que llegara el autobús amarillo y los llevara al colegio. Era extraordinariamente atractiva, aseguró? Tom, con una larga melena negra y unos ojos verdes y luminosos. Pero lo que más le gustaba de ella era la forma en que abrazaba y acariciaba a sus hijos. Nunca había visto una manifestación del amor materno tan natural y elocuente, tan tierna y jubilosa. Casi todas las mañanas la B. P. M. estaba all? sentada entre los dos niños, rodeándoles la cintura con los brazos mientras ellos se inclinaban para apoyarse en ella, acariciándolos y besándolos por turno o meciendo sobre sus rodillas a los dos a la vez: un círculo mágico de abrazos, cantos y risas".

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