miércoles, 1 de febrero de 2012

El último gurú de la economía doméstica

- ¡todos queríamos un BMW! ¡todos queríamos un BMW!



Bajó el volumen de la radio del coche. El último gurú de la economía profética le acababa de declarar culpable de la crisis del país. Reconoció que se estaba indignando. En el mismo instante en que caía en la cuenta de que se estaba habituando peligrosamente al lenguaje económico. Casi podría utilizar con soltura esos términos tan arrogantes que tienen la pretensión de explicarse a sí mismos y a la realidad en su conjunto, como deflación, subprime, o agencia crediticia… Como agravante en su contra habría que recordar que encontraba cierta satisfacción en ello. Y lo peor es que sabía qué significaban.


- ¡todos queríamos un BMW! Y claro, no todo el mundo se lo puede permitir



Comenzó su habitual ritual de arrepentirse de la compra de aquél pisito, de haber creído a pies juntillas que era una inversión segurísima. De haber despreciado a esas mínimas voces que aún proponían el alquiler a una pareja recién casada: ¡Tirar el dinero!, ¡sí señor, eso es el alquiler!


Sintió una especial necesidad de llegar a casa, de encontrarse con ella, de descansar los miedos y recordarle que habían sido especialmente torpes en las decisiones económicas, que no habían dado ni una. ¡Claro! ¡Alguien tenía que dar la visión realista! Porque ella, inmersa en una tesis sobre la propuesta filosófica de aquél afable autor, necesitaba una dosis de pragmatismo.


Abrió la puerta, con el discurso dispuesto, cuando ella le cerró la boca literalmente y literariamente



"La lacerante alegre belleza de lo minúsculo, lo pequeño, en el recinto de morabito de San Miguel de Celanova, del monje Rudesindo.
A veces cuando tenemos una tristeza, es suficiente que un petirrojo o un gorrioncillo alce el vuelo ahí cerca para que nuestro corazón se esponje. Y lo mismo nos ocurre con un cachorrillo, un gatito, un buchillo; y con las cosas minúsculas: algunos libros pequeños realmente deliciosos, las pequeñas mesas, dos o tres banzos de escalera, una habitacioncilla, una pequeña fuente que mana entre árboles gigantescos.
Pero estas ventanitas en herradura, estos pequeños arcos dentro del edificio, apenas puertas de paso, son algo así como ojos de cerradura que dan a lo Alto y a lo Profundo, al Único. Y, luego, la umbría, el frescor, allí dentro; y un no sé qué de cuchitril femenino. Se siento uno ligero, aéreo, aliviado realmente." (José Jiménez Lozano. Los tres cuadernos rojos)

3 comentarios:

  1. Muchísimas gracias a tu mujer por el texto: lo conocería, porque he leído el libro (excelente) hace tiempo, pero seguramente todavía no estaba en condiciones de apreciarlo, porque no había visitado el morabito de San Miguel de Celanova, mi edificio preferido de Galicia (aquí y aquí)

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  2. Dejé ayer un comentario agradeciendo la cita de JJL y remitiendo a dos visitas mías a Celanova. Solo eray mi agradecimiento a tu mujer por el texto

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